Some people see things that others cannot. Tales of Mystery and Imagination. “The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown” (H.P. Lovecraft).

Salomé Guadalupe Ingelmo: Esquizo / Schizo

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Y si soy el mayor de los pecadores, soy también la mayor de las víctimas.
            Robert Louis Stevenson, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde

“Jamás serás como Él, patético doctorcillo”, dice su irritante compañero.
No lo soporta. Esa inoportuna voz, llevando siempre la contraria, invadiendo su pensamiento noche y día, le produce intensos dolores de cabeza. A medida que ahondaba en sus investigaciones, se volvió progresivamente más huraño, hasta aislarse totalmente del mundo exterior. Sólo el laboratorio ahuyentaba su apatía. Ahora su única compañía es ese doble que le saca de quicio, pero del que tampoco puede prescindir.
El doctor recurre una vez más a la jeringuilla. Como otras mentes privilegiadas, comenzó a consumir cocaína en busca de lucidez. Ahora lo hace para sobrellevar a ese alter ego petulante y engreído. Cuando salta una dosis está más irascible de lo habitual y es incapaz de concentrarse. Reconfortado por la droga, recuerda cómo empezó todo.
Consciente de que el cuerpo es un mero recipiente, fácil de sustituir desde que el gran Víctor Frankenstein ofreciese su aportación a la ciencia, se centró en reproducir el órgano que alojaba su talento y su genuino espíritu: su cerebro, un mecanismo perfecto.
Durante años cultivó células extraídas de su propio bulbo raquídeo con escaso éxito, hasta que una mañana se levantó y la minúscula masa esponjosa había crecido. Fue desarrollándose bajo su atenta mirada, llena de admiración y ternura. Ahora, flotando en su pecera, rodeado de cables que conectan los electrodos colocados en su superficie con la bocina que le sirve de boca, se diría un pulpo grotesco y respondón. Su lóbulo frontal parece anómalo. El hipocampo y la amígdala, pequeños. Más aberración que prodigio, se pregunta si no será defectuoso, si no fallaría algo en el experimento.

Замятин Евгений Иванович ( Yevgeny Zamyatin ): Пещера (The cave)

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Ледники, мамонты, пустыни. Ночные, черные, чем-то похожие на дома, скалы; в скалах пещеры. И неизвестно, кто трубит ночью на каменной тропинке между скал и, вынюхивая тропинку, раздувает белую снежную пыль; может, серохоботый мамонт; может быть, ветер; а может быть -- ветер и есть ледяной рев какого-то мамонтейшего мамонта. Одно ясно: зима. И надо покрепче стиснуть зубы, чтобы не стучали; и надо щепать дерево каменным топором; и надо всякую ночь переносить свой костер из пещеры в пещеру, все глубже, и надо все больше навертывать на себя косматых звериных шкур.
Между скал, где века назад был Петербург, ночами бродил серохоботый мамонт. И, завернутые в шкуры, в пальто, в одеяла, в лохмотья, -- пещерные люди отступали из пещеры в пещеру. На покров Мартин Мартиныч и Маша заколотили кабинет; на казанскую выбрались из столовой и забились в спальне. Дальше отступать было некуда; тут надо было выдержать осаду -- или умереть.
В пещерной петербургской спальне было так же, как недавно в Ноевом ковчеге: потопно перепутанные чистые и нечистые твари. Красного дерева письменный стол; книги; каменновековые, гончарного вида лепешки; Скрябин опус 74; утюг; пять любовно, добела вымытых картошек; никелированные решетки кроватей; топор; шифоньер; дрова. И в центре всей это вселенной -- бог, коротконогий, ржаво-рыжий, приземистый, жадный пещерный бог: чугунная печка.
Бог могуче гудел. В темной пещере -- великое огненное чудо. Люди -- Мартин Мартиныч и Маша -- благоговейно, молча благодарно простирали к нему руки. На один час -- в пещере весна; на один час -- скидывались звериные шкуры, когти, клыки, и сквозь обледеневшую мозговую корку пробивались зеленые стебельки -- мысли.
-- Март, а ты забыл, что ведь завтра... Ну, уж я вижу: забыл!
В октябре, когда листья уже пожолкли, пожухли, сникли -- бывают синеглазые дни; запрокинуть голову в такой день, чтобы не видеть земли, -- и можно поверить: еще радость, еще лето. Так и с Машей: если вот закрыть глаза и только слушать ее -- можно поверить, что она прежняя, и сейчас засмеется, встанет с постели, обнимет, и час тому назад ножом по стеклу -- это не ее голос, совсем не она...
-- Ай, Март, Март! Как все... Раньше ты не забывал. Двадцать девятое: Марии, мой праздник...
Чугунный бог еще гудел. Света, как всегда, не было: будет только в десять. Колыхались лохматые, темные своды пещеры. Мартин Мартиныч -- на корточках, узлом -- туже! еще туже! -- запрокинув голову, все еще смотрит в октябрьское небо, чтобы не увидеть пожолклые, сникшие губы. А Маша:
-- Понимаешь, Март, -- если бы завтра затопить с самого утра, чтобы весь день было как сейчас! А? Ну, сколько у нас? Ну с полсажени еще есть в кабинете?
До полярного кабинета Маша давным-давно не могла добраться и не знала, что там уже... Туже узел, еще туже!
-- Полсажени? Больше! Я думаю, там...
Вдруг -- свет: ровно десять. И, не кончив, зажмурился Мартин Мартиныч, отвернулся: при свете -- труднее, чем в темноте. И при свете ясно видно: лицо у него скомканное, глиняное, теперь у многих глиняные лица -- назад к Адаму! А Маша:

Medardo Fraile: Decapitado

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Para Brigitte Radloff

CUANDO le asignaron su cuarto en la pensión, encajada entre cuatro calles estrechas, lo primero que hizo fué establecer una corriente de aire para evitar un olorcillo rancio que parecia emanar de una cañeríaaorta hinchada en un ángulo de la habitación. Asomado al balcón vio de frente a un hombre vestido de negro, con sombrero, que acababa de doblar la esquina y tomaba derecho la calle. Entró en seguida en su cuarto a desocupar la maleta y vio la araña cuando ya había puesto los libros sobre la cama y se disponía a abrir el grifo del lavabo. Era muy pequeña y estaba un poco alejada de la tela—pobre y deshilachada—, pensando que aquello no iba bien y nuevamente tendría que empezar. Diré a la criada que limpie eso, pensó. Aunque—siguió diciendo—, estas que son como esa no pican ni hacen nada, parecen muy enceladas con su labor, —que, por otra parte, realizan muy despacio—, pero no es decente que ese animal esté ahí, más que nada porque los ángulos de las habitaciones gusta verlos limpios y una araña es siempre, además, una pequeña duda, una ligera preocupación y hay quien no se atreve a alzar la voz o tirar desde lo alto un zapato al suelo, por si el bicho se remueve y toma alguna decisión desagradable. Y si al ir a aplastarla se falla el gol-
pe la cosa está clara, el bicho sabe que van por él sin ningún miramiento y que si antes se le había tolerado no mediaba en ello el afecto sino el egoísmo. La araña entonces puede tener una idea genial acerca de uno,
—se dice que no tienen ideas fijas—, y entonces atacarnos de forma tal vez muy peligrosa. Fué en aquel momento cuando en la casa de enfrente de fachada de almagre se abrió un balcón, —y no parecía que antes hubiese ninguno—, y se asomó la muchacha con vestido de flores estampadas, que, varias veces, mientras él la miraba con el rabo del ojo, se movió de un extremo a otro del balcón para fisgar a su antojo la habitación donde estaba él recién abierta. Se vio que ella le conocía.
Alguien, por detrás de ella, azuzaba con voz de apuntador: Es Azurgaraya, y ella parecía darle, un poco sofocada, con el pie por detrás para que se callase. «Azurgaray; si, Azurgaray«, insistía el tipo a sus espaldas. Y cuando él se decidió a afrontar la cosa saliendo a su balcón, la muchacha atrapellándose, con apresuramiento que pareció forzado aposta, se metió dentro y cerró, incluso, los postigos con tremendo estrépito que se hizo notar más por el repentino silencio en que quedó la calle. Luego se oía decir, como detrás de cada ladrillo: el hijo del notario Azurgaray. Y vio de frente a un hombre vestido de negro, con sombrero, que acababa de doblar la esquina y tomaba derecho la calle. Sí, dijo él al joven que regentaba la pensión, es una asignatura nada más y recalcó deletreando: u-na. Derecho Civil, pero no la ae cuarto, o sea de quinto, sino la de tercero, o sea la de cuarto. Se encontraba locuaz. Es raro pero así es.
Y fué por algo del secretario que tenía poca estatura y cambió la disposición de las actas en los armarios y entonces fué la infiltración por la (¡ue tuve que trastrocar, —previa notificación, naturalmente—, la asignatura, solo u-na al fin y al cabo, deletreó de nuevo. Pero era inútil, el joven ya no estaba. Cuando empezaba le escuchaban con verdadero ahinco y de repente luego cuando él decía «y fué por algov se iban desinteresados, a veces murmurando una palabra de cortesía o mirando el reloj repentinamente melifluos, como si les llevase alguien esperando mucho tiempo. El joven estaba ahora subido a una escalera, silboteando una canción como si tal cosa, mientras limpiaba una bombilla.

Edward Frederic Benson: The sanctuary

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Francis Elton was spending a fortnight's holiday one January in the Engadine, when he received the telegram announcing the death of his uncle, Horace Elton, and his own succession to a very agreeable property: the telegram added that the cremation of the remains was to take place that day, and it was therefore impossible for him to attend, and there was no reason for his hurrying home.
In the solicitor's letter that reached him two days later Mr. Angus gave fuller details: the estate consisted of sound securities to the value of about £80,000, and there was as well Mr. Elton's property just outside the small country town of Wedderburn in Hampshire. This consisted of a charming house and garden and a small acreage of building land. Everything had been left to Francis, but the estate was saddled with a charge of £500 a year in favour of the Reverend Owen Barton.
Francis knew very little of his uncle, who for a long time had been much of a recluse; indeed he had not seen him for nearly four years, when he had spent three days with him at this house at Wedderburn. He had vague but slightly uneasy memories of those days, and now on his journey home, as he lay in his berth in the rocking train, his brain, rummaging drowsily among its buried recollections, began to disinter these. There was nothing very definite about them: they consisted of suggestions and side-lights and oblique impressions, things observed, so to speak, out of the corner of his eye, and never examined in direct focus.
He had only been a boy at the time, having just left school, and it was in the summer holidays, hot sultry weather of August, he remembered, that he had paid him this visit, before he went to a crammer's in London to learn French and German.
There was his Uncle Horace, first of all, and of him he had vivid images. A grey-haired man of middle age, large and extremely stout with a cushion of jowl overlapping his collar, but in spite of this obesity, he was nimble and light in movement, and with a merry blue eye that was equally alert, and seemed constantly to be watching him. Then there were two women there, a mother and daughter, and, as he recalled them, their names occurred to him, too: they were Mrs. Isabel Ray and Judith. Judith, he supposed, was a year or two older than himself, and on the first evening had taken him for a stroll in the garden after dinner. She had treated him at once as if they were old friends, had walked with her arm round his neck, had asked him many questions about his school, and whether there was any girl he was keen on. All very friendly, but rather embarrassing. When they came in from the garden, certainly some questioning signal had passed between the mother and the girl, and Judith had shrugged her shoulders in reply.
Then the mother had taken him in hand; she made him sit with her in the window-seat, and talked to him about the crammer's he was going to: he would have much more liberty, she supposed, than he had at school, and he looked the sort of boy who would make good use of it. She tried him in French and found he could speak it very decently, and told him that she had a book which she had just finished, which she would lend him. It was by that exquisite stylist Huysman and was called Là-Bas. She would not tell him what it was about: he must find out for himself. All the time those narrow grey eyes were fixed on him, and when she went to bed, she took him up to her room to give him the book. Judith was there, too: she had read it, and laughed at the memory of it. "Read it, darling Francis," she said, "and then go to sleep immediately, and you will tell me to-morrow what you dreamed about, unless it would shock me."

León Arsenal: El Libro Negro

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En ?

Ahora que pienso en ello, no sé por qué, pero imaginaba de otra forma al dueño del Libro Negro. Desde luego, no esperaba encontrarme con un hombre fuerte y entrado en años, con algo que me recordaba a los tenderos de antes: uno de aquellos personajes de mandiles a rayas que conocían el nombre de sus clientes y que atendían el mostrador con un lápiz detrás de la oreja. Y, sin embargo, un hombre así fue quien respondió a mis llamadas.
–El Libro Negro –dije simplemente–.
–¿El Libro Negro? –me miró con expresión perpleja.
–El Libro Negro –asentí, sin dejarme confundir por su falsa ignorancia–, usted lo tiene.
Dudó un par de segundos, estudiándome pensativamente. Luego, con un gesto, me franqueó el umbral de su casa. Aquel hombre vivía con modestia, en un piso interior de paredes empapeladas. Le seguí hasta un salón minúsculo y sombrío, abarrotado de viejos muebles obscuros y macetas con plantas de interior. Me señaló una silla, cerrando los visillos de la ventana. Con el índice, se ajustó las gafas de gruesos cristales.
–Poca gente ha oído hablar del Libro Negro.
Acepté ese hecho con un vaivén de la cabeza.
–La primera vez que supe del Libro Negro, fue hace casi veinte años –entonces, recordé mis buenos modales–. Disculpe por presentarme de esta forma en su casa. Desde que tuve la certeza de que el libro existía, he dedicado mucho tiempo a descubrir su paradero, y no ha sido nada fácil. Por supuesto, usted no sabe nada sobre mí y...
Me interrumpió con un gesto, dando por buenas mis explicaciones.
–No soy bebedor, pero puedo ofrecerle un café.
–Gracias –decliné–, pero no se moleste por mí.
–Bien, un minuto –y se marchó por el pasillo.
Cuando volvió, sentí que el corazón me daba un vuelco. Entre las manos traía un tomo grueso y grande, como esos volúmenes que vemos expuestos tras las vitrinas de los museos y que solemos asociar con la antigüedad.
–El Libro Negro –dijo con cierta solemnidad, y lo depositó sobre la mesa.
Estudié atentamente el tomo. Le señalé las tapas de madera.
–Había oído, ejem –carraspeé–, me habían dicho que estaba encuadernado en piel humana.
–Piel humana, ¿eh? –volvió a ajustarse las gafas con gesto divertido–. A la gente le gusta exagerar. La actual encuadernación data del siglo XV y está realizada con planchas de madera, como puede usted comprobar. Los folios son de muchas épocas; pero, hasta donde yo sé, todos son pergaminos vulgares.
Se sentó frente a mí, colocando el libro entre ambos.

Dan Simmons: Death Of The Centaur

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The teacher and the boy climbed the steep arc of lawn that overlooked the southernmost curve of the Missouri River. Occasionally they glanced up at the stately brick mansion that held the high ground. Its tiers of tall win-dows and wide French doors reflected the broken patterns of bare branches against a gray sky. Both the boy and the young man knew the big house was most likely empty—its owner spent only a few weeks a year in town—but ap-proaching so close afforded them the pleasurable tension of trespass as well as an outstanding view.
A hundred feet from the mansion they stopped climb-ing and sat down, backs against a tree which shielded them from the slight breeze and protected them from the casual notice of anyone in the house. The sun was very warm, a false spring warmth which would almost surely be driven off by at least one more snowstorm before re-turning in earnest. The wide expanse of lawn, dropping down to the railroad tracks and the river two hundred yards below, had the faint, green splotchiness of thawing earth. The air smelled like Saturday.
The teacher took up a short blade of grass, rolled it in his fingers, and began to chew on it thoughtfully. The boy pulled a piece, squinted at it for a long second, and did likewise.
"Mr. Kennan, d'you think the river's gonna rise again this year and flood everythin' like it done before?" asked the boy.
"I don't know, Terry," said the young man. He did not turn to look at the boy, but raised his face to the sun and closed his eyes.
The boy looked sideways at his teacher and noticed how the red hairs in the man's beard glinted in the sun-light. Terry put his head back against the rough bark of the old elm but was too animated to shut his eyes for more than a few seconds.
"Do you figure it'll flood Main if it does?"
"I doubt it, Terry. That kind of flood only comes along every few years."
Neither participant in the conversation found it strange that the teacher was commenting on events which he had never experienced first hand. Kennan had been in the small Missouri town just under seven months, having ar-rived on an incredibly hot Labor Day just before school began. By then the flood had been old news for four months. Terry Bester, although only ten years old, had seen three such floods in his life and he remembered the cursing and thumping in the morning darkness the previ-ous April when the volunteer firemen had called his father down to work on the levee.
A train whistle came to them from the north, the Dopplered noise sounding delicate in the warm air. The teacher opened his eyes to await the coming of the eleven a.m. freight to St. Louis. Both counted the cars as the long train roared below them, diesel throbbing, whistle rising in pitch and then dropping as the last cars disappeared toward town around the bend in the track where they had just walked.
"Whew, good thing we wasn't down there," said Terry loudly.
"Weren't," said Mr. Kennan.
"Huh?" said Terry and looked at the man.
"We weren't down there," repeated the bearded young man with a hint of irritation in his voice.

Alonso Zamora Vicente: Noche Arriba

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Toda la tarde ha estado lloviendo. A través de los cristales sucios, roto uno por un portazo, doña Lola ha visto caer agua horas y horas sin descanso. Se ha acercado a la ventana cada vez que ha salido alguna de las innumerables visitas, que, con buena voluntad, qué duda cabe, no faltaba más, han venido a darle el pésame. Lo malo es que con sus palabras y con sus consejos no han hecho más que reanimar su pena, una bola redonda trepando del estómago a la garganta, que sube, sube, ya llega, revienta y hay que volverla a tragar. Una buena gente todos estos vecinos. Doña Remedios, tan obsequiosa, tan bobalicona, pero tan buena persona, y don Arcadio, el solterón del tercero izquierda, siempre tan borrachín, pero tan galante, que la esperaba — ya antes de la enfermedad de Nicanor — en el rellano de la escalera y decía, cediéndole el paso "¡Calle abierta a la alegría de la casa!". Si, sí menuda alegría. Nicanor tieso como el mango de una pala, quién lo diría, un hombre tan joven aún, tan apuesto, un poco memo, es verdad, pero en fin, Señor, las cosas son como vienen, quince años de casados y sin ningún disgusto, porque no se puede llamar disgusto a aquello del cobrador de la luz, ¡Jesús, qué recuerdos ahora!... Y doña Lola se aprieta contra el cristal sano de la ventana, tan fresquito, no está bien que se asome al mirador, además aún no ha venido la peinadora, y habrá gente, y ese forense del bigotito rubio, tan afable, en fin, no pienses, Lola, y aguántate un poco, don Nicanor en la cama, las manos cruzadas sobre el pecho, apretando el rosario de Chuchita, la sobrina que se metió en las Salesas, habráse visto, con el porvenir que tenía de secretaria de don Cándido, el gerente de Molinos Reunidos, S. A.... Y doña Lola suspira, arrimada a la ventana, asustada de no oír crujir la cama donde Nicanor, algo más largo y flaco, llena la habitación, este Nicanor, quién lo hubiera dicho unos días antes, cuando sintió los primeros síntomas, broma va, broma viene, hasta que la angina lo dejó tieso que tieso, sin remedio posible, Nicanor muerto... Y llueve, llueve, la viuda no puede reconocer a muchos de los que, dejando abierta la portezuela del taxi, se atreven a cruzar la calle para dejar tarjeta en la mesita del portal, el cuello de la gabardina levantado, qué ridículos desde allí arriba, chapoteando en el arroyuelo... Si se habrán acordado de poner la escribanía de plata que Nicanor —el pobre Nicanor — tenía en la mesa de su despacho. . .

****

— ¡Qué día, qué barbaridad! ¡Qué manera de caer agua! Lo que es como mañana en el entierro llueva así, no sé qué va a ser de nosotros! ¿Has visto, Josefina, qué día?

— No me hables, mujer. ¡ Un horror de día!.

Josefina y Carmen, primas de doña Lola, están sentadas en un ángulo de la habitación convertida en capilla ardiente. En el mirador de la salita se oye el golpeteo de la lluvia en los cristales y, periódicamente, el paso de los tranvías, que hacen retemblar la casa ya vieja. El ataúd está en el suelo y los hachones bailan ligeramente a cada vehículo que pasa de prisa. Los portazos en la escalera hacen vacilar las llamas. Uno de los hacheros se ha apagado. Don Nicanor presenta un perfil más acusado y huesoso a la única luz de la cabecera.

— ¡Jesús, Josefina! ¿No ves? ¡Cualquiera diría que está vivo!

Pere Calders: Quieta nit

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Tot just acabàvem de sopar (i sentíem encara el pessigolleig del xampany al nas), quan van trucar a la porta.

L’Agustina, des de la cuina, tombà una cadira en alçar-se. Qui sap quina atenció ens va correspondre a tots, que acordàrem un silenci i ens miràrem els uns als altres, seguint amb l’oïda la fressa lenta de la minyona. El passador va fer el xerric de sempre i, en canvi, l’Agustina deixà sentir una exclamació tan desacostumada, que l’Ernest intentà acudir-hi ràpidament. Però no tingué temps, perquè la figura rodona i vermella d’un Pare Noel obstruí la porta del menjador. Duia un sac de tela blanca a l’esquena, i les filagarses de la barba el van fer esternudar dues o tres vegades.

– Fa fred, al carrer – va dir, per justificar-se. I, de seguida, mentre picava de mans (potser per desentumir-se o per encomanar animació ), preguntà –: ¿On són els nens?

L’Ernest el va agafar per la mànega i el contacte de la franel·la li donà una esgarrifança.

– Són a dalt, dormint. Però si no parla més baix, els despertarà –digué.

– El despertar nens forma part de la meva feina.

La Isabel va enutjar-se i (vet ací una virtut seva) ens va tornar l’aplom a tots amb unes paraules plenes de sentit:

– Li han donat una mala adreça. En aquesta casa fem Reis.

Estirà el braç dret, assenyalant el pessebre que ocupava tot l’angle de l’habitació, i va mantenir una actitud estatuària, esperant que la visita comprengués el mal gust d’una més llarga permanència.

El vell deixà el sac a terra calmosament, va abaixar el braç de la Isabel amb un gest despreocupat i contemplà el pessebre durant una bona estona.

– És infantil –digué al final, pejorativament.

Va estar a punt d’escapar-se-li el riure, però es dominà, en un visible esforç per no ofendre. I això no obstant, a despit de l’aire superior que irradiava d’una manera natural, observàrem que se sentia molest.

Ens havíem alçat tots nosaltres, i a cada un dels silencis que es produïen es feia més evident que la situació podria esdevenir tensa d’un moment a l’altre. La mare, deliberadament impregnada d’esperit nadalenc, volia enllestir l’escena sense ferir els sentiments de ningú, i a intervals gairebé regulars es dirigia al Pare Noel i li deia:

– Si abans d’anar-se’n volgués prendre una copeta…

Però ell es veia particularment entossudit a demostrar que no s’equivocava mai i que si havia entrat a casa era perquè l’assistia alguna raó important. No era qüestió de nens ni de joguines, digué, sinó d’evitar que la institució que representava pogués incórrer en desprestigi.

– Podeu suposar que no vaig casa per casa, a cegues, preguntant si necessiten cavalls o nines de cartó.

Frederic Brown: Sand

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CARSON OPENED HIS EYES, and found himself looking upwards into a flickering blue dimness.
It was hot, and he was lying on sand, and a rock embedded in the sand was hurting his back. He rolled over to his side, offthe rock, and then pushed himself up to a sitting position.
‘I’m crazy,’ he thought. ‘Crazy -- or dead -- or something.’ Te sand was blue, bright blue. And there wasn’t any such thing as bright blue sand on Earth or any of the planets. Blue sand under a blue dome that wasn’t the sky nor yet a room, but a circumscribed area -- somehow he knew it was circumscribed and finite even though he couldn’t see to the top of it.
He picked up some of the sand in his hand and let it run through his fingers. It trickled down on to his bare leg. Bare?
He was stark naked, and already his body was dripping perspiration from the enervating heat, coated blue with sand wherever sand had touched it. Elsewhere his body was white.
He thought: then this sand is really blue. If it seemed blue only because of the blue light, then I’d be blue also. But I’m white, so the sand is blue. Blue sand: there isn’t any blue sand. Tere isn’t any place like this place I’m in.
Sweat was running down in his eyes. It was hot, hotter than hell. Only hell -- the hell of the ancients -- was supposed to be red and not blue.
But if this place wasn’t hell, what was it? Only Mercury, among the planets, had heat like this and this wasn’t Mercury. And Mercury was some four billion miles from ... From?
It came back to him then, where he’d been: in the little one-man scouter, outside the orbit of Pluto, scouting a scant million miles to one side of the Earth Armada drawn up in battle array there to intercept the Outsiders.
Tat sudden strident ringing of the alarm bell when the rival scouter -- the Outsider ship -- had come within range of his detectors!
No one knew who the Outsiders were, what they looked like, or from what far galaxy they came, other than that it was in the general direction of the Pleiades.
First, there had been sporadic raids on Earth colonies and outposts; isolated battles between Earth patrols and small groups of Outsider spaceships; battles sometimes won and sometimes lost, but never resulting in the capture of an alien vessel. Nor had any member of a raided colony ever survived to describe the Outsiders who had leftthe ships, if indeed they had leftthem.
Not too serious a menace, at first, for the raids had not been numerous or destructive. And individually, the ships had proved slightly inferior in armament to the best of Earth’s fighters, although somewhat superior in speed and man~uvrability. A sufficient edge in speed, in fact, to give the Outsiders their choice of running or fighting, unless surrounded.
Nevertheless, Earth had prepared for serious trouble, building the mightiest armada of all time. It had been waiting now, that armada, for a long time. Now the showdown was coming.
Scouts twenty billion miles out had detected the approach of a mighty fleet of the Outsiders. Tose scouts had never come back, but their radiotronic messages had. And now Earth’s armada, all ten thousand ships and half-million fighting spacemen, was out there, outside Pluto’s orbit, waiting to intercept and battle to the death.
And an even battle it was going to be, judging by the advance reports of the men of the far picket line who had given their lives to report -- before they had died -- on the size and strength of the alien fleet.
Anybody’s battle, with the mastery of the solar system hanging in the balance, on an even chance. A last and only chance, for Earth and all her colonies lay at the utter mercy of the Outsiders if they ran that gauntlet -- Oh yes. Bob Carson remembered now. He remembered that strident bell and his leap for the control panel. His frenzied fumbling as he strapped himself into the seat. Te dot in the visiplate that grew larger. Te dryness of his mouth. Te awful knowledge that this was it for him, at least, although the main fleets were still out of range of one another.

Horacio Quiroga: El solitario

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Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.

Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de origen callejero, había aspirado con su hermosura a un más alto enlace. Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres y a sus vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim.

No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido, hábil artista aún, carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de codos, sostenía sobre su marido una lenta y pesada mirada, para arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al transeúnte de posición que podía haber sido su marido.

Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos trabajaba también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María deseaba una joya -¡y con cuánta pasión deseaba ella!- trabajaba de noche. Después había tos y puntadas al costado; pero María tenía sus chispas de brillante.

Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacerle amar las tareas del artífice, y seguía con ardor las íntimas delicadezas del engarce. Pero cuando la joya estaba concluida -debía partir, no era para ella- caía más hondamente en la decepción de su matrimonio. Se probaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba por ahí, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oír sus sollozos, y la hallaba en la cama, sin querer escucharlo.

-Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti -decía él al fin, tristemente.

Los sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en su banco.

Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya a consolarla. ¡Consolarla! ¿de qué? Lo cual no obstaba para que Kassim prolongara más sus veladas a fin de un mayor suplemento.

Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer se detenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda tranquilidad.

-¡Y eres un hombre, tú! -murmuraba.

L. Sprague de Camp: Eudoric’s Unicorn

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When Sir Eudoric Dambertson's stagecoach line was running smoothly, Eudoric thought of expansion. He would extend the line from Kromnitch to Sogambrium, the capital of the New Napolitanian Empire. He would order a second coach. He would hire a scrivener to relieve him of the bookkeeping . . .

The initial step would be to look over the Sogambrian end of the route. So he posted notices in Zurgau and Kromnitch that, on a certain day, he would instead of turning around at Kromnitch to come back to Zurgau, continue on to Sogambrium, carrying those who wished to pay the extra fare.

Eudoric got a letter of introduction from his silent partner, Baron Emmerhard of Zurgau, who once had almost become Eudoric's father-in-law. The letter presented Eudoric to the Emperor's brother, the Archduke Rolgang.

"For a gift," said Emmerhard, fingering his graying beard, "I'll send one of my best hounds with thee. Nought is done at court without presents."

"Very kind of you, sir," said Eudoric.

"Not so kind as all that. Be sure to debit the cost of the bitch to operating expenses."

"At what value?"

"Klea should fetch at least fifty marks—"

"Fifty! Good my lord, that's absurd. I can pick up—"

"Be not impertinent with me, puppy! Thou knowest nought of dogs . . ."

After an argument, Eudoric got Klea's value down to thirty marks, which he still thought much too high. A few days later, he set out with a cage, containing Klea, lashed to the back of the coach. In seven days the coach, with Eudoric's helper Jillo driving, rolled into Sogambrium.

Save once when he was an infant, Eudoric had never seen the imperial capital. By comparison, Kromnitch was but a small town and Zurgau, a village. The slated gables seemed to stretch away forever, like the waves of the sea.

The hordes who seethed through the flumelike streets made Eudoric uneasy. They wore fashions never seen in rural parts. Men flaunted shoes with long, turned-up toes, attached by laces to the wearer's legs below the knee; women, yard-high conical hats. Everyone seemed in a hurry. Eudoric had trouble understanding the metropolitan dialect. The Sogambrians slurred their words, dropped whole syllables, and seldom used the old-fashioned, familiar "thou " and "thee."

Having taken quarters at an inn of middling grade, Eudoric left Jillo to care for the coach and team. Leading Klea, he made his way through a gray drizzle to the archducal palace. He tried on one hand to take in all the sights but, on the other, not conspicuously to stare, gape, and crane his neck.

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