Some people see things that others cannot. Tales of Mystery and Imagination. “The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown” (H.P. Lovecraft).

Juan Perucho: Apariciones y fantasmas

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Después de todo, no era tan difícil invocar a los espíritus alrededor de una mesa. Los había por todas partes. En París mismo, por aquellos años, se aparecía regularmente y sin necesidad de invocación el fantasma de Jacques de Molay, gran maestre de los templarios, quemado vivo en 1314, el cual circulaba con suma desfachatez por la punta del «Vert Galant», la plaza Dauphine y el Pont Neuf. El Museo de Cluny tenía también su espíritu ensangrentado, que se aparecía sólo a las señoras en la sala de los instrumentos de tortura y a plena luz del día. Eso, sin contar con los innumerables espectros nocturnos que se paseaban entre las tumbas del cementerio del «Pére Lachaise» recitando en voz alta sus penas. Uno de ellos, el de una joven seducida y abandonada, dejaba por el suelo un rastro perfumado de finos pañuelos de encaje, mojados tristemente de lágrimas.

La cosa se puso emocionante cuando de Charleston llegó a París Sofía Walder y, a raíz de la muerte del luciferino y apóstata abbé Constant, se puso ésta al frente de los ocultistas masónicos. La señorita Walder era muy bella y figuraba como la discípula predilecta del general Albert Pike, fundador del Palladium, el rito reformado. Estaba en posesión de un genio diabólico, una mirada glacial y sabía muy bien lo que se hacía. Según Leo Taxil, ella fue quien inventó la Marsellesi, Anticlerical, cuyos abominables y célebres primeros versos decían así:

Allons! fils de la République,
Lejour de vote est arrivé!
Contre nous de la noire dique
L 'oriflamme ignoble est levé (bis)
Entendez-vous tous ees infames
Croasser leurs stupides chants?
lis voudraient, encor, les brigands,
Salir nos enfants et nos femmesl

La señorita Walder obligaba al diablo a aparecer en persona. La primera vez que lo hizo resultó una cosa horrible, pero aseguró de este modo su jefatura vitalicia. El doctor Bataille, afamado ocultista, nos lo cuenta en su Diable au XIX siecle: «Acaeció en casa de madame X., un sábado por la tarde, día :onsagrado a Moloch. La guapa Sofía Walder no había prevenido a nadie de sus propósitos, y empezó a pronunciar siete veces el nombre del Anti-Cristo, que es Apollonius Zabah. Recitó en seguida la invocación a Moloch, excusándose humildemente por llamarlo sin los accesorios habituales y rogándole que se apareciera a la concurrencia sin hacer víctima alguna. De pronto, la mesa que servía para los ejercicios espiritistas hizo un salto hacia el techo y, al caer, se metamorfoseó en un repugnante cocodrilo con alas de murciélago. El pánico fue general, y todo el mundo quedó como petrificado, clavado en su sitio. Pero la sorpresa llegó al colmo cuando el cocodrilo se dirigió a un piano vertical que había en la habitación, lo abrió y, sentándose en el taburete, comenzó a tocar una discordante melodía mientras dirigía a madame X., la dueña de la casa, unas expresivas y apasionadas miradas que la dejaron turbada en su pudor y aterrada en sus sentimientos. Al cabo, el cocodrilo alado desapareció bruscamente, dejando -cosa extraña— vacías todas las botellas de licor que había en el bufete.»

Robert William Chambers: A Pleasant Evening

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Et pis, doucett'ment on s'endort.

On fait sa carne, on fait sa sorgue.

On ronfle, et, comme un tuyan d'orgue.

L'tuyan s'met à ronfler pus fort...

Aristide Bruant
Chapter I

As I stepped upon the platform of a Broadway cable-cat at Forty-second Street, some body said:

"Hello, Hilton, Jamison's looking for you."

"Hello, Curtis," I replied, "what does Jamison want?"

"He wants to know what you've been doing all the week," said Curtis, hanging desperately to the railing as the car lurched forward; "he says you seem to think that the Manhattan Illustrated Weekly was created for the sole purpose of providing salary and vacations for you."

"The shifty old tom-cat!" I said, indignantly, "he knows well enough where I've been. Vacation! Does he think the State Camp in June is a snap?"

"Oh," said Curtis, "you've been to Peekskill?"

"I should say so," I replied, my wrath rising as I thought of my assignment.

"Hot?" inquired Curtis, dreamily.

"One hundred and three in the shade," I answered. "Jamison wanted three full pages and three half pages, all for process work, and a lot of line drawings into the bargain. I could have faked them--I wish I had. I was fool enough to hustle and break my neck to get some honest drawings, and that's the thanks I get!"

"Did you have a camera?"

"No. I will next time--I'll waste no more conscientious work on Jamison," I said sulkily.

"It doesn't pay," said Curtis. "When I have military work assigned me, I don't do the dashing sketch-artist act, you bet; I go to my studio, light my pipe, pull out a lot of old Illustrated London News, select several suitable battle scenes by Caton Woodville--and use 'em too."

The car shot around the neck-breaking curve at Fourteenth Street.

"Yes," continued Curtis, as the car stopped in front of the Morton House for a moment, then plunged forward again amid a furious clanging of gongs, "it doesn't pay to do decent work for the fat-headed men who run the Manhattan Illustrated. They don't appreciate it."

"I think the public does," I said, "but I'm sure Jamison doesn't. It would serve him right if I did what most of you fellows do--take a lot of Caton Woodville's and Thulstrup's drawings, change the uniforms, 'chic' a figure or two, and turn in a drawing labelled 'from life.' I'm sick of this sort of thing anyway. Almost every day this week I've been chasing myself over that tropical camp, or galloping in the wake of those batteries. I've got a full page of the 'camp by moonlight,' full pages of 'artillery drill' and 'light battery in action,' and a dozen smaller drawings that cost me more groans and perspiration than Jamison ever knew in all his lymphatic life!"

Horacio Quiroga: Un peón

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Una tarde, en Misiones, acababa de almorzar cuando sonó el cencerro del portoncito. Salí afuera, y vi detenido a un hombre joven, con el sombrero en una mano y una valija en la otra.

Hacía cuarenta grados fácilmente, que sobre la cabeza crespa de mi hombre obraba como sesenta. No parecía él, sin embargo, inquietarse en lo más mínimo. Lo hice pasar, y el hombre avanzó sonriendo y mirando con curiosidad la copa de mis mandarinos de cinco metros de diámetro, que, dicho sea de paso, son el orgullo de la región y el mío.

Le pregunté qué quería, y me respondió que buscaba trabajo. Entonces lo miré con más atención.

Para peón, estaba absurdamente vestido. La valija, desde luego de suela, y con lujo de correas. Luego, su traje, de cordero marrón sin una mancha. Por fin las botas; y no botas de obraje, sino artículo de primera calidad. Y sobre todo esto, el aire elegante, sonriente y seguro de mi hombre.

-¿Peón él...?

-Para todo trabajo -me respondió alegre-. Me sé tirar de hacha y de azada... Tengo trabalhado antes de ahora no Foz-do-Iguassú; e fize una plantación de papas.

El muchacho era brasileño, y hablaba una lengua de frontera, mezcla de portugués-español-guaraní, fuertemente sabrosa.

-¿Papas? ¿Y el sol? -observé-. ¿Cómo se las arreglaba?

-¡Oh! -me respondió encogiéndose de hombros-. O sol no hace nada... Tené cuidado usted de mover grande la tierra con a azada... ¡Y dale duro a o yuyo! El yuyo es el peor enemigo de la papa.

Véase cómo aprendí a cultivar papas en un país donde el sol, a más de matar las verduras quemándolas sencillamente como al contacto de una plancha, fulmina en tres segundos a las hormigas rubias y en veinte a las víboras de coral.

Isaac Asimov: Runaround

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It was one of Gregory Powell's favorite platitudes that nothing was to be gained from excitement, so when Mike Donovan came leaping down the stairs toward him, red hair matted with perspiration, Powell frowned.

"What's wrong?" he said. "Break a fingernail?"

"Yaaaah," snarled Donovan, feverishly. "What have you been doing in the sublevels all day?" He took a deep breath and blurted out, "Speedy never returned."

Powell's eyes widened momentarily and he stopped on the stairs; then he recovered and resumed his upward steps. He didn't speak until he reached the head of the flight, and then:
"You sent him after the selenium?"

"Yes."

"And how long has he been out?"

"Five hours now."

Silence! This was a devil of a situation. Here they were, on Mercury exactly twelve hours-and already up to the eyebrows in the worst sort of trouble. Mercury had long been the jinx world of the System, but this was drawing it rather strong-even for a jinx.

Powell said, "Start at the beginning, and let's get this straight."

They were in the radio room now-with its already subtly antiquated equipment, untouched for the ten years previous to their arrival. Even ten years, technologically speaking, meant so much. Compare Speedy with the type of robot they must have had back in 2005. But then, advances in robotics these days were tremendous.

Powell touched a still gleaming metal surface gingerly. The air of disuse that touched everything about the room-and the entire Station was infinitely depressing.

Donovan must have felt it.

He began: "I tried to locate him by radio, but it was no go. Radio isn't any good on the Mercury Sunside not past two miles, anyway. That's one of the reasons the First Expedition failed. And we can't put up the ultrawave equipment for weeks yet-'

"Skip all that. What did you get?"

"I located the unorganized body signal in the short wave. It was no good for anything except his position. I kept track of him that way for two hours and plotted the results on the map."

René Avilés Fabila: El más extraño de los animales prodigiosos

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Dentro de esa jaula de grandes proporciones, pasta tranquilamente una rara especie. Ningún letrero lo anticipa. Algunos expertos en zoología señalan que se trata de un pegaso sin alas, otros más afirman que es un unicornio sin cuerno. La gente sencilla, que se arremolina en el lugar, prefiere decirle caballo.

Richard Laymon: Mess hall

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JEAN DIDN’T HEAR footsteps. She heard only the rush of the nearby stream, her own moaning, Paul’s harsh gasps as he thrust into her. The first she heard of the man was his voice.

“Looks to me like fornication in a public park area.”

Her heart slammed.

Oh God, no.

With her left eye, she glimpsed the man’s vague shape crouching beside her in the moonlight, less than a yard away. She looked up at Paul. His eyes were wide with alarm.

This can’t be happening, Jean told herself.

She felt totally helpless and exposed. Not that the guy could see anything. Just Paul’s bare butt. He couldn’t see that Jean’s blouse was open, her bra bunched around her neck, her skirt rucked up past her waist.

“Do you know it’s against the law?” the man asked.

Paul took his tongue out of Jean’s mouth. He turned his head toward the man.

Jean could feel his heart drumming, his penis shrinking inside her.

“Not to mention poor taste,” the man added.

“We didn’t mean any harm,” Paul said.

And started to get up.

Jean jammed her shoes against his buttocks, tightened her arms around his back.

“What if some children had wandered by?” the man asked.

“We’re sorry,” Jean told him, keeping her head straight up, not daring to look at the man again, instead staring at Paul. “We’ll leave.”

“Kiss goodbye, now.”

Seemed like a weird request.

But Paul obeyed. He pressed his mouth gently against Jean’s lips, and she wondered how she could manage to cover herself because it was quite obvious that, as soon as the kiss was over, Paul would have to climb off her. And there she’d be.

Later, she knew it was a shotgun.

She hadn’t seen a shotgun, but she’d only given the man that single, quick glance.

Paul was giving her the goodbye kiss and she was wondering about the best way to keep the man from seeing her when suddenly it didn’t matter because the world blew up. Paul’s eyes exploded out of their sockets and dropped onto her eyes. She jerked her head sideways to get away from them. Jerked it the wrong way. Saw the clotted wetness on the moonlit trunk of a nearby tree, saw his ear cling to the bark for a moment, then fall.

Paul’s head dropped heavily onto the side of her face. A torrent of blood blinded her.

She started to scream.

Paul’s weight tumbled off. The man stomped her belly. He scooped her up, swung her over his shoulder, and started to run. She wheezed, trying to breathe. His foot had smashed her air out and now his shoulder kept ramming into her. She felt as if she were drowning. Only a dim corner of her mind seemed to work, and she wished it would blink out.

Better total darkness, better no awareness at all.

The man stopped running. He bent over, and Jean flopped backward. She slammed something. Beside her was a windshield plated with moonlight. She’d been dumped across the hood of a car. Her legs dangled over the car’s front.

She tried to lift her head. Couldn’t. So she lay there, struggling to suck in air.

The man came back.

He’d been away?

Pere Gimferrer: Una cara

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A las diez la cena estaba servida, bajo el oro solemne de los candelabros. Nos sentamos los seis a la mesa. Todo -la vajilla, los cubiertos bruñidos, nosotros mismos— tenía su doble en el cristal que la cubría. Yo fui el primero en advertir que aquel siniestro cristal no nos devolvía seis rostros, sino siete. La cara intrusa se ubicaba entre Miguel y Mercedes, a la derecha, ligeramente hacia el centro. Podía llevar allí varios días: el cristal no se había limpiado desde el sábado, no nos constaba —la criada era nueva- que aquella limpieza se hubiera efectuado con particular diligencia, y ya se sabe que uno puede comer maquinalmente, sin detenerse a buscar su sosias en el cristal, no una, sino muchas veces. De modo que bien cabía asignar a la cara una estancia anterior de cinco o seis días. Otras interrogaciones se suscitaban: si había permanecido allí las veinticuatro horas de cada uno de estos días, si durante ellos su situación en la mesa había variado, si a cada día había correspondido una cara distinta. Sin olvidar, claro está, las más inmediatas y evidentes: la identidad de la cara, el motivo de su insólita presencia en aquel lugar. Creo que es hora de describir el objeto de nuestras dudas. La cara podía contar treinta o treinta y cinco años de edad. Todo en ella indicaba serenidad o más bien indiferencia. Las facciones eran regulares y correspondían a un individuo del sexo masculino. Tenía los cabellos- de color rubio. Los ojos oscuros se insinuaban bajo el arco de las cejas. ¿Nos miraba? Pasé una mano ante la cara; no lo acusó. Quizá estuviera fingiendo. No me atreví a tocarla, aun sabiendo que tal vez de este modo desapareciera: después de todo, era una cara viva. Retirar el cristal sería otra solución. Falsa, no tardé en reflexionar: la cara podía permanecer unida al cristal o surgir de la mesa desnuda. Ninguna de las dos posibilidades me agradaba, sin contar con el penoso cariz de mutilación que revestiría la ceremonia. En todo caso, la cara no parecía hostil. Evidentemente, no nos pedía -si es que había advertido nuestra presencia- otra cosa que quedarse donde asombradamente la habíamos encontrado. Se imponía desplazar nuestra cena al salón. Dudé un momento en el umbral: sin duda era preciso dejar la puerta cerrada, pero me desazonaba matar todas las luces. El pensamiento de que acaso esta medida, inofensiva por lo demás, precipitase el éxodo de la cara me decidió a condenarla a la penumbra. Erradamente, porque, noche tras noche, se obstinaba en el cristal. Comer en el salón se convirtió en un hábito. Finalmente el comedor, casi siempre cerrado y a oscuras, se abandonó a la cara. La última vez que entré no alcancé a verla. El polvo se había acumulado sobre la mesa formando una vegetación semejante a la que se observa bajo las camas. Acostumbrado a las tinieblas, el comedor parecía extrañamente opaco. Descuidado y sucio, resultaba selvático. Acaso la cara ya no esté allí.

Ramsey Campbell: It Helps If You Sing

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They could be on their summer holidays. If they were better able to afford one than he was, Bright wished them luck. Now that it was daylight, he could see into all the lowest rooms of the high rise opposite, but there was no sign of life on the first two floors. Perhaps all the tenants were singing the hymns he could hear somewhere in the suburb. He took his time about making himself presentable, and then he went downstairs.

The lifts were out of order. Presumably it was a repairman who peered at him through the smeary window of one scrawled metal door on the landing below his. The blurred face startled him so much that he was glad to see people on the third floor. Weren't they from the building opposite, from one of the apartments that had stayed unlit last night? The woman they had come to visit was losing a smiling contest with them. She stepped back grudgingly, and Bright heard the bolt and chain slide home as he reached the stairs.

The public library was on the ground floor. First he strolled to the job center among the locked and armored shops. There was nothing for a printer on the cards, and cards that offered training in a new career were meant for people thirty years younger. They needed the work more than he did, even if they had no families to provide for. He ambled back to the library, whistling a wartime song.

The young job-hunters had finished with the newspapers. Bright started with the tabloids, saving the serious papers for the afternoon, though even those suggested that the world over the horizon was seething with disease and crime and promiscuity and wars. Good news wasn't news, he told himself, but the last girl he'd ever courted before he'd grown too set in his ways was out there somewhere, and the world must be better for her. Still, it was no wonder that most readers came to the library for fiction rather than for the news. He supposed the smiling couple who were filling cartons with books would take them to the housebound, although some of the titles he glimpsed seemed unsuitable for the easily offended. He watched the couple stalk away with the cartons, until the smoke of a distant bonfire obscured them.

The library closed at nine. Usually Bright would have been home for hours and listening to his radio cassette player, to Elgar or Vera Lynn or the dance bands his father used to play on the wind-up record player, but something about the day had made him reluctant to be alone. He read about evolution until the librarian began to harrumph loudly and smite books on the shelves.

Perhaps Bright should have gone up sooner. When he hurried round the outside of the building to the lobby, he had never seen the suburb so lifeless. Identical gray terraces multiplied to the horizon under a charred sky; a pair of trampled books lay amid the breathless litter on the anonymous concrete walks. He thought he heard a cry, but it might have been the start of the hymn that immediately was all he could hear, wherever it was.

Norberto Luis Romero: El relicario de Lady Inzúa

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Lady Inzúa, Elizabeth Sheridan de soltera, llevaba casada con Gon­zalo Inzúa Aguirre poco más de tres años. Era éste acaudalado comer­ciante y eminente miembro de la sociedad porteña, proveniente de las Vascongadas españolas, perseguido en 1819 acusado de afrancesado y liberal por el gobierno absolutista de Fernando VII, y aunque no lo pa­reciera a simple vista, dados su tamaño y aspecto rústico y campecha­no, era hombre de excelsa cultura, refinados modales, carácter retraído y taciturno, que casi rozaba la melancolía. Si bien eran parte de su ca­rácter estos sentimientos sombríos, es verdad que, para sorpresa de to­dos y de la misma lady Inzúa, y contrariamente a lo esperado, dado el amor sostenido durante el noviazgo y que continuaban profesándose, los sentimientos sombríos, repito, iban gradualmente acentuándose a medida que pasaban los años y comprobaba, con profunda tristeza, cómo los sueños de perpetuar su estirpe se desvanecían con cada pri­mavera. Gonzalo le llevaba a su esposa veinte años y esta diferencia de edad le provocaba un profundo aunque infundado sentimiento de cul­pa, así como una continua tendencia a infravalorarse.

Elizabeth apenas frisaba los veintitrés años, tenía esa piel de aspecto transparente y frágil que refleja una exquisita procedencia familiar, un privilegiado linaje y los mayores cuidados recibidos a lo largo de todas las etapas de su vida. Su cabello, de un negro azulado, habitualmente partido al medio y recogido en un moño a la nuca, brillaba con más fuerza a medida que pasaban los años, y en sus ojos no había indicio al­guno de su íntima y oculta tristeza. Su carácter abierto, jovial y extre­madamente dulce, contrastaba con el de su marido, que se agriaba año tras año volviéndose más huraño a causa de ese hijo anhelado que se re­sistía a venir al mundo y llenar sus vidas de plenitud.

Esa relampagueante noche, los Inzúa Sheridan celebrarían en su casona de Palermo una fiesta por todo lo alto. No había sido Elizabeth la única responsable en concebir y convocar esta fiesta, lo fue sólo en parte, como un intento más de los que habitualmente hacía para distraer a su amado esposo procurando paliar su tristeza; porque las verdaderas artífices, quienes vislumbraron la idea original del espectáculo que habría de quedar registrado en los anales de la historia de Buenos Aires, fueron tres importantes damas de la rancia sociedad porteña, íntimas amigas, sí, de lady Inzúa, quienes inocentemente conspiraron a espaldas de Gonzalo. Una de estas damas, Celeste Rocamora, apodada en la intimidad «la pizpireta», había sido, meses antes, quien le había sugerido a Elizabeth lo de la momia.
-Querida -le había dicho-, es lo que se lleva en los salones de Londres y París. ¡Hace furor!
En efecto, el mayor refinamiento y esnobismo que podía exhibirse por entonces en una fiesta de aristócratas que se preciara de serlo, consistía en desenvolver ante los invitados atónitos una momia traída de Egipto. Abundaban de tal forma estas reliquias en los desiertos, que los barcos llegaban a Liverpool cargados de sarcófagos cuya dudosa utilidad hacía que acabaran en su mayor parte en los hornos de los telares a vapor de las industrias textiles de Inglaterra.
Al oír la propuesta de su amiga, Elizabeth se había llevado una mano al pecho con un marcado mohín de disgusto. Escandalizada, le había respondido que la idea le parecía de mal gusto y una afrenta a los muertos.
—¡Pero querida, mi conciencia me impide hacer semejante cosa! —protestó-. Jamás me perdonaría si llegase a cometer tal afrenta a la naturaleza humana y divina. No volvería a pegar ojo y el remordimiento acabaría conmigo.
Dos años antes, los señores Rocamora Stegman, padres de Celeste y Blanca, con ocasión de un viaje de placer por Europa, asistieron a una velada en un salón londinense, donde se llevó a cabo el desenvolvimiento de una momia especialmente traída desde El Cairo. Según palabras del matrimonio: «Una experiencia inolvidable, sublime y muy inquietante». A su regreso a Buenos Aires, la señora de Rocamora había comentado a sus amigas más íntimas mientras tomaban el té:

Violet Page (Vernon Lee): Dionea

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Vernon Lee by John Singer Sargent

From the Letters of Doctor Alessandro De Rosis to the Lady Evelyn
Savelli, Princess of Sabina.
Montemiro Ligure, June 29, 1873.
I take immediate advantage of the generous offer of your Excellency (allow an old Republican who has held you on his knees to address you by that title sometimes, 'tis so appropriate) to help our poor people. I never expected to come a-begging so soon. For the olive crop has been unusually plenteous. We semi-Genoese don't pick the olives unripe, like our Tuscan neighbors, but let them grow big and black, when the young fellows go into the trees with long reeds and shake them down on the grass for the women to collect—a pretty sight which your Excellency must see some day: the grey trees with the brown, barefoot lads craning, balanced in the branches, and the turquoise sea as background just beneath…. That sea of ours—it is all along of it that I wish to ask for money. Looking up from my desk, I see the sea through the window, deep below and beyond the olive woods, bluish-green in the sunshine and veined with violet under the cloud-bars, like one of your Ravenna mosaics spread out as pavement for the world: a wicked sea, wicked in its loveliness, wickeder than your grey northern ones, and from which must have arisen in times gone by (when Phoenicians or Greeks built the temples at Lerici and Porto Venere) a baleful goddess of beauty, a Venus Verticordia, but in the bad sense of the word, overwhelming men's lives in sudden darkness like that squall of last week.
To come to the point. I want you, dear Lady Evelyn, to promise me some money, a great deal of money, as much as would buy you a little mannish cloth frock—for the complete bringing-up, until years of discretion, of a young stranger whom the sea has laid upon our shore. Our people, kind as they are, are very poor, and overburdened with children; besides, they have got a certain repugnance for this poor little waif, cast up by that dreadful storm, and who is doubtless a heathen, for she had no little crosses or scapulars on, like proper Christian children. So, being unable to get any of our women to adopt the child, and having an old bachelor's terror of my housekeeper, I have bethought me of certain nuns, holy women, who teach little girls to say their prayers and make lace close by here; and of your dear Excellency to pay for the whole business.
Poor little brown mite! She was picked up after the storm (such a set-out of ship-models and votive candles as that storm must have brought the Madonna at Porto Venere!) on a strip of sand between the rocks of our castle: the thing was really miraculous, for this coast is like a shark's jaw, and the bits of sand are tiny and far between. She was lashed to a plank, swaddled up close in outlandish garments; and when they brought her to me they thought she must certainly be dead: a little girl of four or five, decidedly pretty, and as brown as a berry, who, when she came to, shook her head to show she understood no kind of Italian, and jabbered some half-intelligible Eastern jabber, a few Greek words embedded in I know not what; the Superior of the College De Propagandâ Fide would be puzzled to know. The child appears to be the only survivor from a ship which must have gone down in the great squall, and whose timbers have been strewing the bay for some days past; no one at Spezia or in any of our ports knows anything about her, but she was seen, apparently making for Porto Venere, by some of our sardine-fishers: a big, lumbering craft, with eyes painted on each side of the prow, which, as you know, is a peculiarity of Greek boats. She was sighted for the last time off the island of Palmaria, entering, with all sails spread, right into the thick of the storm-darkness. No bodies, strangely enough, have been washed ashore.

Azorín: El fin de un mundo

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Azorín por Alejandro Cabeza


La especie humana perecía. Miles de siglos antes de que extinto el Sol, congelado el planeta, fuese la Tierra inhabitable, ya el hombre, nostálgico de reposo perenne in este perenne flujo y reflujo de la substancia universal, luí na acabado. La Tierra estaba desierta.
Los hombres eran muertos. Poco a poco los mató el hastío de las bienandanzas que la ciencia, la industria y el arte realizaron al trocar en realidad presente el ensueño de pensadores prehistóricos.
Poco a poco, predicado y afirmado el generoso altruismo, fueron desapareciendo del trato humano la ambición, la envidia, la crueldad, la ira, los celos, la codicia. Y los hombres, sojuzgadas las fuerzas de la Naturaleza, dueños del complicado tecnicismo del arte, amándose lodos, trabajadores todos y fuertes todos, vivían, sin odios y sin pasiones, sin el ensueño de la esperanza y sin la voluptuosidad del desconsuelo, dichosos en la Naturaleza y en el arte. De este modo, transcurrieron cuatro, seis, diez siglos. Inactivos, quieto el pensamiento y sosegados los músculos, fiado todo el trabajo terrestre a la maquinaria triunfadora, paseábanse los felices humanos hora tras hora, día tras día, año tras año, siempre igual, sin esperanzas de mudación, por sus ciudades y por sus campos. Ni la Naturaleza en sus paisajes, de todos conocidos, ni el arte en sus obras maestras, por todos admiradas, lograban despertar en nadie un nuevo estremecimiento estético.
La vida se había simplificado. No había derecho porque no había deber, no había deber porque no había coacción, no había justicia porque no había iniquidad, no había verdad porque no había error, no había belleza porque no había fealdad...
Desaparecidos los irreductibles antagonismos que en las viejas sociedades dieron nacimiento a las ideas absolutas, las ideas absolutas —Verdad, Belleza, Justicia-— eran desconocidas de las nuevas generaciones. ¿Cómo pudiera conocer la luz quien nunca hubiese conocido las sombras? ¿Cómo pudiera conocer el movimiento quien nunca hubiese conocido el reposo? ¿Cómo pudiera conocer el placer quien nunca hubiese conocido el dolor?
Así, mientras el dolor —que es error, que es fealdad, que es injusticia— se desintegraba de la vida, la vida se reducía de sus antiguos grandiosos límites: y así —por paradoja extraordinaria— la amplia y fecundadora ley del progreso tornábase en deprimente ley de ruina y acabamiento. La tierra se despoblaba. Cansada e inactiva, la especie humana desaparecía de siglo en siglo.
Y llegó un momento supremo en que solo un hombre sobrevivió a la humanidad muerta.

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